Por: Dr. Pedro Rosales Vázquez
Huetamo, Michoacán, 6 de noviembre de 2025.- Todo en el universo está interconectado. Así lo afirma la ciencia: existe una ley natural que mantiene el equilibrio para que la vida funcione. Lo catastrófico repercute en lo apacible, y la calma llega para restablecer el balance. Por eso, los antiguos pueblos nativos del norte de América decían con sabiduría: “Cuidar la tierra es cuidarnos a nosotros mismos, porque la tierra es nuestra madre.”
Desde tiempos ancestrales, el ser humano ha mantenido respeto por la Tierra. Sin embargo, la modernidad y la búsqueda de comodidades han erosionado ese vínculo sagrado. Antes, se creía que si se hablaba con cariño a la tierra, esta respondía; que al sembrar una semilla, ella la recibía, la concebía y le daba vida. Hoy, esa conexión se ha debilitado.
Los estudiosos de las prácticas energéticas recomiendan pisar el suelo descalzo, para permitir que la energía del cuerpo se mezcle con la del planeta, equilibrando nuestras emociones y pensamientos. Es un acto simbólico, pero también espiritual: volver a sentir la fuerza invisible de la Tierra.
En el campo, la relación con la tierra se vive de manera distinta. Ver crecer las milpas, las flores de ajonjolí o las calabazas colgando de los árboles es un recordatorio de lo generosa que puede ser la naturaleza. Los campesinos lo saben: el sabor de lo sembrado con las propias manos no se compara. Pero, en la actualidad, muchos jóvenes ya no desean dedicarse al campo, olvidando que el conocimiento académico y el cultivo responsable pueden coexistir.
La Tierra es fuente de vida. Todo alimento proviene de ella, incluso los de origen animal, pues las plantas son el sustento de todas las especies. Sin embargo, la humanidad, en su búsqueda de progreso, ha descuidado su entorno. Cada vez es menos común escuchar el canto de los grillos o ver colibríes revoloteando. El ruido digital ha reemplazado los sonidos naturales, y el contacto humano se ha reducido a mensajes virtuales.
La Hipótesis Gaia propone que la Tierra es un organismo vivo que necesita cuidados. Su deterioro es evidente: contaminación, sobreexplotación de recursos, pérdida de biodiversidad y alteraciones en la atmósfera. Y aunque revertir los daños requiere constancia y sacrificio, aún estamos a tiempo de hacerlo.
La Tierra no nos pertenece; nosotros pertenecemos a ella. Cuidarla es cuidar nuestra casa, ese espacio común donde respiramos, sembramos y compartimos con otros seres vivos. La ciencia, con todo su avance, no puede reemplazar la sabiduría ancestral que nos enseñó a vivir en equilibrio con el entorno.
La Madre Tierra nos ha perdonado muchas veces. Aun cuando responde con desastres naturales —como un grito de dolor—, lo hace buscando recuperar su equilibrio. Pero no podemos seguir abusando de su paciencia.
Reconectarnos con ella es un acto de amor, de humildad y de conciencia. Porque, al final, si la Tierra muere… con ella también se extinguirá nuestra propia existencia.
